14/09/2026

Revista InfoAgro México

Toda la agricultura, ahora en tus manos

Exigencias del cultivo de calabaza en suelo y fertilización 

Exigencias del cultivo de calabaza en suelo y fertilización 

 

  1. Introducción
  1. Condiciones óptimas del suelo 
  1. Necesidades nutricionales
  1. Estrategia de abonado 

 

  1. Introducción

 

El calabacín o calabacita es un cultivo cuya producción es intensiva al estar emitiendo frutos de forma continuada. Por ello, en la fase donde la planta ya está estabilizada y su rendimiento es estable, la demanda de nutrientes es exigente. Sin embargo, para obtener un buen resultado no se trata solamente de aportar fertilizantes, sino que éstos deben ser calculados en función de las necesidades del cultivo, además de que éste presenta unos requerimientos concretos en lo referente a las características del terreno en el que debe desarrollarse.  

 

  1. Condiciones óptimas del suelo 

 

A pesar de que este cultivo es considerado de cierta rusticidad y alta adaptabilidad edáfica, precisa de unos determinados rangos en las condiciones del suelo para poder alcanzar unos rendimientos satisfactorios. 

 

Entre las características deseables para obtener su máximo potencial productivo se encuentran los suelos de textura franca, profundos, ricos en materia orgánica y en elementos fertilizantes, expuestos a la radiación solar y con buen drenaje, entre otras.  

 

Por el contrario, no le favorecen los terrenos de textura arcillosa, fríos, excesivamente húmedos, con propensión a los encharcamientos, que favorecen la incidencia de enfermedades, especialmente las radiculares transmitidas a través del suelo. 

 

A continuación, se detallan los requerimientos específicos del suelo, de forma estructurada, para una mejor comprensión y aplicación técnica (Reche, 1997): 

 

  • Textura: Tiene preferencia por los suelos de textura franca, con un equilibrio de arena, limo y arcilla. Los suelos franco-arenosos facilitan un ligero crecimiento radicular superficial. Al contrario, los suelos arcillosos, compactos e impermeables dificultan la capacidad de drenaje, provocando asfixia radicular y pudriciones radiculares y del cuello de la planta. 
  • Profundidad: Es recomendable una profundidad efectiva igual o superior a 60 cm para permitir el desarrollo sin obstáculos de su raíz principal. 
  • Humedad: Requiere de un nivel permanente de humedad, cuyo óptimo oscile entre el 70 % y el 80 % de la capacidad de campo. Por tanto, el suelo debe mantener un alto contenido de humedad, pero sin llegar a una situación de encharcamiento. 
  • Materia Orgánica: Es una planta exigente en compuestos húmicos y compost. Por ello, requiere suelos fértiles con un buen contenido orgánico para sustentar su acelerado crecimiento vegetativo, así como su producción continuada. Un contenido superior al 3 % sería conveniente. 
  • pH: La calabacita muestra preferencia por suelos ligeramente ácidos, con un rango óptimo entre 5.6 y 6.8, aunque su capacidad de adaptación soporta un rango más amplio, entre 5.0 y 7.0. Cuando el pH del suelo es básico o alcalino pueden presentarse situaciones de clorosis o síntomas carenciales, principalmente de microelementos, como es el caso del hierro. 
  • Salinidad: El cultivo posee una tolerancia moderada a la salinidad, tanto del suelo como del agua de riego, pudiendo soportar valores de conductividad eléctrica (CE) del extracto de saturación inferiores a 7 dS m-1. Por encima de dicha CE la producción del cultivo se ve afectada de forma significativa. De este modo, es más tolerante que el pepino, pero menos que el melón y la sandía. 

 

  1. Necesidades nutricionales

 

El calabacín es un cultivo que presenta un crecimiento muy rápido y una producción intensiva, por lo que necesita de una elevada disponibilidad de nutrientes de forma continua. En su fase más crítica, como es floración, cuaje y engorde de frutos, la absorción de elementos se hace más imprescindible. 

 

En lo que respecta a las necesidades nutricionales, es preciso recordar muy brevemente el papel que tienen los macronutrientes en la planta (Castilla, 2012), destacando lo siguiente: 

 

  • Nitrógeno: Promueve el desarrollo foliar y el vigor de la planta. Es necesario para el rendimiento, por lo que no debe faltar, aunque un exceso dificulta la floración y provoca frutos blandos. 
  • Fósforo: Es esencial para el crecimiento radicular del inicio, así como para mejorar la formación de las flores y la viabilidad del polen de éstas. 
  • Potasio: Es el elemento más necesario, especialmente cuando hay frutos formados en la planta, ya que influye en el llenado, el engorde, la calidad y la firmeza de los mismos, además de aumentar la vida postcosecha. 
  • Calcio: Resulta fundamental para la estructura celular y la consistencia de las paredes del fruto, siendo clave frente a la resistencia a patógenos que causan enfermedades. 
  • Magnesio: Es el componente central de la clorofila, el cual resulta vital para mantener una alta tasa fotosintética de las plantas. 

 

Las extracciones aproximadas que realiza el cultivo para producir una tonelada de calabacín, según Cadahía (2005), son las siguientes: 

 

  • Nitrógeno (N): 2.5 – 3.5 kg. 
  • Fósforo (PO): 1.0 – 1.5 kg. 
  • Potasio (KO): 4.0 – 5.5 kg. 
  • Calcio (CaO): 1.5 – 2.0 kg. 
  • Magnesio (MgO): 0.5 – 0.8 kg. 

 

Por su parte, Reche (1997), señala para una producción media de 80 – 100 mil kg ha-1, según ensayos y experiencia, unas extracciones promedio en torno a:  

 

  • Nitrógeno (N): 200 – 225 kg.
  • Fósforo (PO): 100 – 125 kg. 
  • Potasio (KO): 250 – 300 kg. 

 

Estos valores de extracción representan una relación de equilibrio (N-P-K) aproximada de: 2-1-2.5. También hay que tener presente que las distintas fases fenológicas del cultivo van a requerir una dinámica de absorción de nutrientes diferente, cambiando las necesidades nutricionales notablemente a lo largo del ciclo. 

 

Por otra parte, cuando estos requerimientos no se ven satisfechos o sucede algún tipo de alteración (climática, de manejo, etc.) aparecen desórdenes nutricionales que desencadenan en problemas, generalmente que merman la producción, tanto en volumen como en calidad, siendo los más frecuentes (Serrano, 2002; Cadahía, 2005; Castilla, 2012): 

 

– Pudrición apical: Se manifiesta como una necrosis negra en la punta del fruto. Suele asociarse a un déficit de calcio, aunque en ocasiones no se debe necesariamente a la falta de este elemento en el suelo, sino a un problema de transpiración por estrés hídrico o fluctuaciones de la humedad, entre otros. 

 

– Clorosis internervial: Se diagnostica como deficiencias de magnesio o de hierro, especialmente en suelos que presentan valores de pH superiores a 7.2, aunque también hay que evaluar las relaciones entre elementos, así como los procesos de antagonismo. Estos episodios reducen la capacidad fotosintética del cultivo, frenando su desarrollo y el crecimiento de los frutos en formación. 

 

– Aborto de frutos pequeños: Está causado por varios motivos, destacando la deficiencia de nutrientes, especialmente el boro, estrés en las plantas de diversa índole (hídrico, climático, de manejo, etc.), escasas reservas de carbohidratos (desequilibrios N/K), CE demasiado elevada, tratamientos agresivos y otros más. 

 

– Clorosis y necrosis del ápice de la planta: Generalmente está propiciado por un agotamiento de ésta, o incapacidad para seguir creciendo, cuyos factores principales suelen ser deficiencia de agua y fertilizantes, estrés térmico y/o salino o alguna mala práctica que ha provocado la paralización en el desarrollo. 

 

  1. Estrategia de abonado 

Tradicionalmente, los autores han facilitado las dosis totales de macroelementos, principalmente de N-P-K, en sus recomendaciones de fertilización. Algunos ejemplos, reportados por Reche (1997), en el cultivo de calabacita, se exponen a continuación, con sus correspondientes repartos a lo largo del cultivo: 

 

– En sistema de suelo enarenado y riego por goteo: 

  • Nitrógeno: 200 – 300 kg ha-1. La mayor parte en cobertera, dejando solamente una cuarta parte del total, alrededor de 50 – 75 kg ha-1, como abonado de fondo.  
  • Fósforo: 150 – 200 kg ha-1, aportando una tercera parte, entre 50 y 75 kg ha-1, de fondo y el resto en cobertera. 
  • Potasio: 350 – 500 kg ha-1, que debe distribuirse a lo largo del cultivo entre fondo y cobertera, utilizando sulfato potásico para el aporte de fondo y nitrato potásico en cobertera. 
  • Magnesio: 50 kg ha-1, aplicando todo el abono antes de la siembra o plantación. 

 

– En sistema de suelo enarenado y riego a manta: 

  • Nitrógeno: 300 – 400 kg ha-1. Aplicado como fondo 75 – 100 kg ha-1 y el resto en cobertera. 
  • Fósforo: 150 – 200 kg ha-1. En fondo 100 – 150 kg ha-1 y el resto en cobertera. 
  • Potasio: 350 – 500 kg ha-1. En fondo 125 – 175 kg ha-1 y el resto en cobertera. 
  • Los demás elementos fertilizantes aplicados en cobertera. 

 

– En terreno sin arenar con riego a manta: 

En esta modalidad de cultivo, J. Reche recomienda una relación de equilibrio que se aproxime a 2-1-2, con las siguientes dosis por hectárea:  

  • Nitrógeno: 50 – 75 kg de fondo y 250 – 300 kg en cobertera. 
  • Fósforo: 150 kg de fondo y 25 – 50 kg en cobertera. 
  • Potasio: 200 kg de fondo y 150 kg en cobertera. 
  • Estiércol: 30 – 50 mil kg ha-1 como aporte de fondo. 

 

Por último, se van a exponer una serie de premisas de fertilización para cultivos de calabacita bajo invernadero con sistema de riego por goteo, teniendo en cuenta los requerimientos del cultivo y considerando las distintas fases fenológicas del mismo. 

 

Es preciso recordar que la producción en el calabacín se da de forma continua, con un solape y coincidencia de fases, es decir, las plantas están abriendo flores nuevas a la vez que engordan frutos y se lleva a cabo su crecimiento general. En este sentido, vamos a distinguir tres etapas:  

  • Etapa 1: Inicio del cultivo, desde siembra o plantación hasta la aparición de las primeras flores. 
  • Etapa 2: Cuajado y desarrollo de los primeros frutos y estabilización de la planta. 
  • Etapa 3: Plena producción del cultivo (hasta el final). 

 

En la fase inicial es necesario el aporte de fertilizantes de fósforo debido a las necesidades de la planta para enraizamiento, y algo más adelante, para la aparición de las primeras flores. Por ello, la fertilización debe ser rica en fósforo, con un cierto equilibrio del nitrógeno y el potasio.  

 

Además, teniendo en cuenta su relativa tolerancia a la salinidad y su escaso tamaño en dicha fase, el aporte total de abono no debe superar en cada sesión de riego los 30 kg ha-1, aunque esto va a depender de las características del agua de riego, del suelo y la climatología reinante, principalmente. 

 

En la siguiente fase, el fósforo debe mantenerse para sustentar la floración existente, aumentando los aportes de nitrógeno y potasio, con un equilibrio N/K cercano a 1:1, según Camacho (2003), para cubrir la demanda de los primeros frutos, además de calcio, magnesio y microelementos como el boro. 

 

Una dosis orientativa puede ser 25 – 40 kg ha-1 de abono total por cada sesión de riego, la cual va a depender de aspectos como la época del año, el sistema de cultivo, la calidad del agua, etc. 

 

Posteriormente, se entra en la fase de plena producción, donde el cultivo tiene la máxima demanda de nutrientes, siendo preciso introducir, tanto macros como microelementos, además de insumos orgánicos, sin incurrir en carencias de fertilizante que darían lugar a los problemas descritos anteriormente. 

 

El potasio se convierte en el elemento fundamental, responsable de la calidad de los frutos y con un papel importante en la hidratación de los mismos. Para Camacho (2003), la relación N/K debe encontrarse en torno a 1:2 o 1:2.5 con el fin de sostener la emisión continua de frutos sin agotar las reservas de las hojas.  

 

En esta etapa se pueden aportar 40 – 50 kg ha-1 de abono total en cada riego, aunque igual que en los casos anteriores, la cantidad y el tipo de fertilizante va a depender de las condiciones del entorno y del manejo aplicado al cultivoTambién es conveniente realizar análisis de agua de riego y suelo, principalmente, para que la dosificación pueda resultar lo más precisa posible.