Establecimiento del cultivo de ajo

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1 Introducción

El cultivo del ajo, como cualquier otro cultivo, tiene unas exigencias agroclimáticas específicas sin las cuales no puede desarrollarse de manera óptima. Por tanto, si las condiciones de su entorno no se aproximan a los requerimientos necesarios que esta especie precisa, tanto la producción como la calidad de la misma no alcanzarán las metas deseadas por los productores. En este artículo vamos a describir las condiciones de clima, suelo y de siembra que deben darse para que el cultivo de ajo inicie su desarrollo de forma satisfactoria.

2 Requerimientos edafoclimáticos

Allium sativum no es una especie vegetal que sea excesivamente exigente en cuanto a clima, cuyo rango óptimo de temperatura se sitúa entre 13º y 24º C. Es una planta que puede soportar bien el frío hasta que muestra 2 – 3 hojas. De este modo, es un cultivo de invierno que puede iniciar su desarrollo en el otoño o en primavera de manera temprana.

Las temperaturas relativamente frescas son determinantes para este cultivo, ya que para conseguir un desarrollo vegetativo vigoroso es necesario que las temperaturas nocturnas permanezcan por debajo de 16º C. Igualmente, si las plantas jóvenes han sido expuestas a temperaturas comprendidas entre 0º y 10° C durante 1 – 2 meses, la formación de bulbos se acelera. Si, por el contrario, no se produce una exposición a temperaturas inferiores a 20° C, la formación de bulbos puede no ocurrir, aunque trascurran días largos. Además, adquiere un sabor más picante en climas fríos, estimándose la temperatura mínima en 7º C.

Tolera temperaturas superiores a 30° C, incluso por encima de 40º C, si está en pleno desarrollo vegetativo y siempre que disponga de suficiente humedad en el suelo. A este respecto, se recomienda que dicha humedad sea ligeramente inferior a la capacidad de campo (80 – 85% de la misma durante todo el ciclo) para obtener un crecimiento óptimo del cultivo.

En general, el ajo se adapta a un amplio rango de texturas de suelo, aunque se desarrolla mejor

en suelos francos, ligeramente arenosos, con una buena capacidad de drenaje. Esto es importante, ya que los suelos con texturas pesadas dificultan el desarrollo del bulbo y provocan su deformación.

El rango óptimo de pH comprende valores de ligera acidez (6.8 – 5.5). En cuanto a la respuesta a la salinidad del suelo, se le puede considerar moderadamente tolerante, cerca de 3.9 dS·m-1.

3 Preparación del terreno

Antes de nada, es necesario seleccionar una parcela que sea adecuada para el cultivo. Para ello, es altamente recomendable conocer los aspectos previos, tales como los cultivos anteriores a éste en dicha parcela y también, mediante la información obtenida por medio de análisis de suelo, conocer sus características (textura, nivel de salinidad, contenido de los distintos nutrientes, etc.), así como la presencia de organismos patógenos (nematodos, hongos, etc.). De este modo, se tendrá constancia de las virtudes de ese suelo que se pueden aprovechar o, por el contrario, los aspectos negativos que deben ser modificados y mejorados.

Un aspecto a tener en cuenta es la necesidad de la rotación de cultivos, es decir, si en las parcelas seleccionadas para cultivar ajo, el anterior fue cebolla, nuevamente ajo o cualquier otra especie de esta familia, sería conveniente introducir otras especies diferentes, con el objetivo de ejercer una alternancia, debido principalmente a los beneficios que supone, tanto para el suelo como para la plantación.

Una vez conocidos los aspectos previos, se procede a la preparación del terreno. En este sentido, es conveniente realizar un soporte de siembra que proporcione unas condiciones óptimas de sustento al cultivo y de desarrollo desde su comienzo. Para Hannan y Sorensen (2002), esto puede conseguirse mediante algunas labores que dependerán de las condiciones iniciales del suelo, cuyo objetivo será establecer una estructura que:

  • Permita el afianzamiento de las plantas sobre el lecho de siembra.
  • Favorezca una germinación uniforme.
  • Proporcione condiciones favorables para el desarrollo radicular y del bulbo.
  • Facilite condiciones de buen drenaje.
  • Permita a las raíces explorar el suelo, encontrando con facilidad aire, agua y nutrientes.

Por otra parte, en las labores de preparación del terreno, para Reveles – Hernández et al. (2009), el barbecho o volteo del suelo y el rastreo, son necesarias casi siempre, ya que se necesita voltear la tierra para exponer algunas plagas a la intemperie y a los depredadores naturales, para incorporar residuos del cultivo anterior y para romper con las formaciones capilares del suelo que propician la pérdida de humedad. Dependiendo de las características del suelo se pueden repetir estas labores como sucede en suelos de Guanajuato, donde se recomiendan dos barbechos, el segundo en forma perpendicular al primero (Heredia, 2000).

Generalmente, son necesarios uno o dos pases de rastra para que el suelo no quede aterronado. No obstante, algunos suelos necesitan del paso de otro tipo de instrumentos para deshacer los últimos terrones, aunque esto se puede evitar si se trabaja el suelo con un cierto grado de humedad. A este respecto, es importante tratar cada tipo de suelo según sus propias características. Así, las prácticas que se le den dependerán de su condición presente, del cultivo anterior, del grado de humedad en el momento de la preparación, de la cantidad y estado de malezas y residuos orgánicos, etc. Normalmente, el mejor momento para realizar estas prácticas será inmediatamente después de la cosecha, cuando aún hay humedad en el suelo, la cual puede ser aprovechada para incorporar la mayor cantidad de residuos del cultivo anterior al mismo tiempo que evita la formación de terrones (Reveles – Hernández et al., 2009).

De este modo, vemos que la preparación del terreno de cultivo requiere de varias acciones, no siempre fáciles, aunque su ejecución, especialmente si se realiza de forma acertada, puede suponer el crecimiento óptimo del cultivo de ajo con su correspondiente aumento productivo y de calidad.

4 Condiciones para la siembra

Después de preparar el terreno para la siembra hay algunos aspectos que deben tenerse en cuenta si se quieren obtener los resultados esperados. Algunos de éstos son:

Preparación de la semilla

Los bulbos deben ser desgranados entre 5 y 10 días antes de comenzar la siembra, con el fin de evitar almacenajes prolongados que originen el «vaciado» de los dientes como consecuencia de la pérdida de humedad, provocando la reducción de germinación y la pérdida de vigor. De este modo, es aconsejable separar los dientes de ajo en grandes, medianos y pequeños, utilizando para la siembra, preferentemente, los dos primeros (Zamora, 2016).

Colocación de la semilla

De acuerdo con resultados experimentales obtenidos en los Campos Experimentales de Zacatecas y Bajío del INIFAP, se ha demostrado que la posición de la semilla en el momento de la siembra afecta al rendimiento final del cultivo, por lo que se sugiere colocar la semilla con el pie hacia abajo, facilitando de este modo la germinación y evitando la deformación de los bulbos (Castellanos et al., 2004; Reveles, 2007). Además, la profundidad de siembra debe permitir que una capa de suelo de 3 a 5 centímetros de espesor quede sobre la semilla a fin de disminuir posibles daños por frío (Bodnar et al., 1998).

Marcado del terreno para la siembra

Esta práctica resulta muy útil, ya que las marcas (o líneas) servirán de guía a la hora de depositar la semilla en los hilos de siembra de manera precisa y cumpliendo las distancias establecidas (Reveles – Hernández et al., 2009). Como hemos visto, es conveniente que el terreno esté bien mullido para facilitar esta actividad y obtener mejores resultados.

Tipos de siembra

Se pueden establecer, fundamentalmente, dos formas de realizar la siembra del ajo:

  • En surcos: Se recomienda utilizar una distancia entre surcos de 76 cm para aprovechar al máximo la superficie, no siendo necesario cambiar la abertura de las llantas del tractor, ya que esta distancia es común para los otros cultivos anuales, aunque se llegan a usar distancias de hasta 90 cm, dependiendo del patrón de cultivos usados en la unidad de producción. En surcos de 80 a 90 cm de ancho es común que los productores acostumbren a hacer el marcado con 20 cm de separación entre los hilos de siembra para poder cultivar entre ellos, aunque al realizar el surcado en estas distancias se dispone de menos plantas por hectárea y, con ello, menos bulbos y menor rendimiento unitario (Reveles – Hernández et al., 2009).
  • En camas: Es una alternativa para hacer más rentable el proceso productivo del ajo, aprovechando al máximo la superficie. Consiste en realizar la siembra en camas de 1.52 a 2.00 metros de ancho con 6 hileras de plantas por cama, arregladas en 3 pares de hileras, usando riego por goteo, generalmente, una cintilla para regar cada par de líneas. Se recomienda usar distancias entre plantas de 7 cm con distancias entre hileras y par de hileras de 20 cm para obtener así los más altos rendimientos. Sin embargo, cuando el objetivo es obtener buen tamaño de bulbo, la recomendación es de 10 cm de distancia entre plantas, 20 cm entre hileras y 30 cm entre pares de hileras (Bravo, 2007).

Por otra parte, con respecto a la técnica de siembra, se tiene la experiencia que la semilla del ajo puede germinar y establecerse, aunque no se tape completamente. Esta cualidad la han aprovechado algunos productores de Zacatecas para establecer el cultivo en camas, realizando la plantación sobre suelo húmedo, clavando manualmente la mitad de la semilla en posición vertical (Reveles – Hernández et al., 2009).

Densidad de siembra

La cantidad de semilla a emplear dependerá de factores como el tamaño y el peso de los dientes de ajo, el arreglo topológico, el marco de plantación a emplear y el método de siembra, entre otros. Para Heredia (2000), se pueden requerir hasta 1,200 kg por hectárea en siembra manual y en surcos con dos hileras de plantas, mientras que la siembra mecánica requerirá hasta 2,500 kg por hectárea cuando la semilla es de tamaño grande. Sin embargo, Zamora (2016) hace una estimación algo inferior, alrededor de 800 a 1,000 kg de semilla tratada por hectárea. Para este autor, la profundidad de siembra debe ser de 2.5 – 5 cm, con una distancia de separación entre dientes de 5 – 7 cm y entre hileras de 92 – 104 cm. Como el potencial de rendimiento depende en gran parte del tamaño del diente, se recomienda sembrar los más grandes a 10 cm de distancia, los medianos a 8 cm, los pequeños a 7 cm y los más pequeños a 5 cm. De este modo, se recomienda iniciar la siembra con los dientes grandes, luego con los medianos y después con los pequeños, ya que hay experiencias anteriores que indican que para obtener altos rendimientos es preferible utilizar dientes grandes y medianos.

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