Fertilización en el cultivo de ajo

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1 Introducción

Los suelos, cuando se cultiva ajo de manera natural o familiar, pueden suministrar a las plantas una parte de los nutrientes que necesitan. En el mejor de los casos, pueden cubrir gran parte de las necesidades del cultivo, pero si se cultiva de forma profesional, buscando un rendimiento, no será suficiente para alcanzar los objetivos marcados de producción y calidad, en cuyo caso es preciso aportar los nutrientes necesarios. Sin embargo, para llevar a cabo unas labores de fertilización adecuadas se deben conocer varios parámetros a lo largo del ciclo de cultivo, los cuales resultan determinantes a la hora lograr la rentabilidad de las plantaciones.

2 Principales nutrientes

El cultivo de ajo está mejorando su valor y reconocimiento durante los últimos años, donde la productividad y calidad son dos parámetros que son fundamentales para el agricultor. Para lograr estos objetivos es esencial aportar todos los nutrientes que las plantas necesitan y, además hacerlo, en el momento oportuno, cuando su aplicación resulte primordial.

En este sentido, vamos a enumerar los principales nutrientes, según Reveles – Hernández et al., (2009), que son más necesarios en el cultivo del ajo y los procesos en los que intervienen. Son los siguientes:

Nitrógeno

Su demanda es elevada por parte de la planta, sobre todo en la etapa vegetativa, ya que el tamaño del bulbo es proporcional al tamaño que las hojas alcancen antes de la formación del mismo. Por el contrario, la necesidad de nitrógeno es moderada durante el periodo de formación y crecimiento de los bulbos, teniendo en cuenta que las aplicaciones retardadas de este nutriente incrementan el desarrollo foliar y provocan un retraso en su maduración, así como una disminución de su conservación (García, 1998).

Además del efecto que produce sobre el rendimiento, se ha demostrado que el nitrógeno también tiene una influencia positiva sobre la coloración en algunos cultivares de ajo (Gaviola y Lipinski, 2008). Diferentes trabajos de investigación realizados en diversas partes del mundo reportan la relación que existe entre el efecto de las aplicaciones de fertilizantes nitrogenados con la fecha de aplicación, coincidiendo en que este tipo de fertilizante debe aplicarse en las primeras etapas de cultivo, es decir, a partir de los 40 – 45 días después de la siembra, pero nunca después de los 100 días posteriores a la nacencia. De este modo, hay que considerar su efecto sobre el rendimiento, acumulando área foliar antes de que se inicie la formación de bulbillos o dientes, ya que las aplicaciones después de esta etapa pueden ocasionar malformaciones de bulbos en detrimento de la calidad de las cosechas (Ávila, 1998 y 2007).

Fósforo

Es un elemento esencial en la nutrición de la planta, ya que forma parte de los ácidos nucleicos (ADN y ARN), siendo requerido para la realización de procesos fisiológicos y bioquímicos como pueden ser: la transferencia de energía, el metabolismo de las proteínas, así como de otras muchas coenzimas. Además, es muy importante en la formación de las raíces.

Existen trabajos de investigación que reportan la existencia de una relación entre gramíneas y hortalizas bien nutridas con fósforo y la resistencia a ciertas enfermedades (Alcántar et al., 2007; Katan, 2009).

El fósforo es absorbido por las plantas, principalmente en forma de fosfatos inorgánicos, pero también lo pueden tomar como fosfatos orgánicos. Las necesidades de fósforo se consideran elevadas en el periodo de bulbificación del ajo (García, 1998).

Potasio

Una de las principales funciones del potasio en la planta es la de proporcionar la turgencia de las células al encontrarse como ión libre a nivel de las vacuolas y del citoplasma, generando una presión osmótica y provocando que el agua entre en las células. De este modo, si disminuye la concentración del potasio hasta niveles de deficiencia, la planta pierde su turgencia y disminuye el metabolismo, lo que provoca también una disminución del rendimiento. Tanto la fosforilación oxidativa como la fotosintética requieren de potasio para poder realizarse, conociéndose 50 sistemas enzimáticos diferentes que son, en alguna forma, activados por el potasio (Alcántar et al., 2007).

El cultivo de ajo es muy sensible a las deficiencias de potasio en el suelo. Por tanto, su aplicación en la cantidad y en la etapa adecuada es determinante para el incremento del rendimiento y la calidad. Está comprobado que, después del nitrógeno, el potasio es el elemento que más extrae la planta para su adecuado desarrollo. De acuerdo con García (1998), las necesidades de potasio son más elevadas durante el periodo de bulbificación del ajo.

Azufre

Está reconocido como el cuarto mayor nutriente de las plantas. Este elemento ejerce un efecto elemental en el crecimiento de las raíces en zonas áridas y suelos alcalinos. El azufre está estrechamente ligado con la formación de componentes orgánicos en la planta durante la fotosíntesis, es esencial en la formación de aminoácidos y en la construcción de bloques de proteínas y también es importante como constituyente de algunas enzimas. Por tanto, su deficiencia en la nutrición de la planta trae como resultado una reducción general en la síntesis de proteínas (Kleinhenz, 1999).

Además, representa un aspecto llamativo, ya que los compuestos de azufre orgánico volátiles son los responsables de dos características muy particulares como son el factor lacrimal de las cebollas y el olor particular de los ajos (Summers, 2009).

En cuanto a la nutrición del cultivo de ajo, el azufre juega un papel importante, tanto para la obtención de altos niveles de producción como para el incremento de la calidad. Asimismo, la deficiencia de este elemento puede ocasionar carencias de nitrógeno, afectando de forma considerable al rendimiento (Lošák y Wiśniowska-Kielian, 2006).

Magnesio

Este elemento ocupa la posición central de la molécula de la clorofila. Así, la síntesis de carbohidratos, proteínas, grasas y vitaminas no puede realizarse sin la presencia de una cantidad suficiente de magnesio, ya que ejerce un papel esencial en la activación de importantes enzimas y en la formación de proteínas. En caso de sufrir deficiencia de magnesio, la síntesis de proteínas puede quedar paralizada, retrasando la planta su crecimiento.

Normalmente, se consideran como suelos deficientes en magnesio disponible, aquellos cuyo magnesio cambiable se sitúa en 3 – 4 mg por cada 100 g de suelo. No obstante, los valores críticos difieren según sea la textura del mismo, siendo más altos en aquellos de alto contenido en arcilla del tipo 2:1 y en los que presentan altos contenidos de materia orgánica (Summers, 2009).

Teniendo en cuenta la importancia que tiene la presencia de estos elementos en las plantas de ajo para llevar a cabo sus funciones fisiológicas de manera adecuada y obtener así un buen rendiendo, es preciso conocer algunos aspectos fundamentales, como son:

  • Contenido de cada uno de los nutrientes presentes en el suelo que están disponibles para las plantas.
  • Niveles adecuados de cada uno de estos elementos que la planta precisa.
  • Necesidades nutricionales específicas en cada etapa del cultivo.
  • Cantidad real de cada elemento que está presente en la planta en un momento determinado.

Para conocer los niveles o cantidades exactas de cada uno de los elementos nutritivos, tanto en el suelo, en el agua de riego o en la propia planta, es necesaria la realización de análisis concretos que nos muestren la situación nutricional real en el momento requerido.

De este modo, los análisis realizados en el terreno de cultivo y en el agua de riego nos dan la información acerca de los nutrientes presentes, los cuales deben ser tenidos en cuenta a la hora de realizar los ajustes en los programas de fertilización. Por otra parte, los análisis de nutrientes realizados en las plantas son usados para diagnosticar posibles deficiencias o estados carenciales que, en caso de producirse, deben ser corregidos. Para esto, se toman muestras de la savia que son analizadas posteriormente, las cuales deben extraerse de la última hoja completamente formada.

Gaviola y Lipinski (2002) consideran que la determinación del contenido de nitratos en el jugo foliar (savia) en el momento de máxima bulbificación es un método de diagnóstico que puede resultar adecuado para determinar el estado nutricional de las plantas de ajo e influir en el manejo de la fertirrigación.

En las tablas 1 (García, 1998) y 2 (Lorenz y Maynard, 1988) se muestran algunos valores que pueden servir como referencia para el diagnóstico del contenido de nutrientes en savia de plantas de ajo. Estos datos han sido obtenidos en hojas de ajo en distintos momentos del ciclo de cultivo y, como se puede observar, los valores expuestos en ambas tablas, por diferentes autores, son iguales.

Estado fenológico

Nutriente

Nivel de nutrientes

Deficiente

Moderado

Suficiente

Crecimiento vegetativo

N total (%)

4

4 – 5

5

P (ppm)

2,000

2,000 – 3,000

3,000

K (% soluble)

3

3 – 4

4

Formación

de bulbos

N total (%)

3

3 – 4

4

P (ppm)

2,000

2,000 – 3,000

3,000

K (% soluble)

2

2 – 3

3

Maduración

de los bulbos

N total (%)

2

2 – 3

3

P (ppm)

2,000

2,000 – 3,000

3,000

K (% soluble)

1

1 – 2

2

Tabla 1. Diagnóstico del contenido de nutrientes en hojas de ajo (García, 1998).

Momento de muestreo

Parte de

la planta

Nutriente

Nivel

Deficiente

Suficiente

Antes de formación bulbo

Hoja más nueva elongada

P (ppm)

2,000

3,000

K (%)

3

4

Formación

de bulbo

Hoja más nueva elongada

P (ppm)

2,000

3,000

K (%)

2

3

Después de formación bulbo

Hoja más nueva elongada

P (ppm)

2,000

3,000

K (%)

1

2

Tabla 2. Guía para el análisis de nutrientes en hoja de ajo (Lorenz y Maynard, 1988).

Por tanto, si se combinan los análisis de tejidos vegetales con los análisis del terreno de cultivo y también del agua de riego se puede disponer de una buena herramienta de información que será de gran ayuda para alcanzar los objetivos marcados. Así, comparando los valores obtenidos con los de referencia, se podrán realizar los ajustes necesarios en los planes de fertilización (o fertirrigación si los nutrientes son aplicados conjuntamente con el agua) para conseguir un desarrollo óptimo del cultivo, sano y productivo.

3 Necesidad de una nutrición balanceada

El proceso de nutrición vegetal no consiste únicamente en suministrar nutrientes a los cultivos, con la mentalidad (errónea) de “cuanto más mejor”. A pesar de la importancia que tiene aportar una buena cantidad de nutrientes a las plantas cultivadas para conseguir un óptimo desarrollo, también resulta fundamental que el crecimiento de las mismas sea moderado y correcto, evitando un exceso desmesurado de vigor, por los problemas que ello acarrea.

Por tanto, es realmente importante llevar a cabo una gestión razonable de los fertilizantes que se limite a satisfacer las necesidades específicas del cultivo. En este sentido, una nutrición balanceada (o equilibrada) es fundamental para mantener un estado de sanidad constante a lo largo de todo el ciclo.

De sobra son conocidos los problemas que supone un aporte de abonos nitrogenados excesivo y continuado (mantenido más allá de la formación de los bulbos), los cuales afectan especialmente a la calidad de la cosecha y además pueden provocar anomalías o malformaciones como el escobeteado. Sin embargo, tampoco se puede olvidar que una planta excesivamente vigorosa, demasiado tierna o sobradamente desarrollada, también será claramente más susceptible al ataque de plagas y enfermedades.

Una planta enferma es el resultado de la interacción entre el hospedante, el patógeno y las condiciones ambientales (bióticas y abióticas). A este respecto, se ha reconocido el efecto que tiene la nutrición mineral sobre las enfermedades de las plantas, de ahí la importancia de que ésta sea balanceada, estando influenciada por las cantidades aportadas, los tiempos y las formas de aplicación de los fertilizantes, factores que resultan claves en la expresión del rendimiento potencial de los cultivos (Katan, 2009).

No obstante, el nitrógeno no es el único elemento a considerar en el ajuste de la fertilización, todos los nutrientes, tanto macroelementos como microelementos, deben ser ajustados correctamente para obtener un desarrollo equilibrado de las plantas, siendo pertinente equilibrar todo el programa de fertilización.

En este sentido, hay algunas acciones que resultan muy útiles para realizar dicho ajuste de una manera eficiente, las cuales permitirán un aporte adecuado de fertilizantes, así como un ahorro del mismo, ya que no será malgastado dosificándolo en exceso. Dicho ajuste se antoja trascendental si tenemos en cuenta que el ajo es un cultivo que puede responder de forma favorable o desfavorable a la aplicación de fertilizantes, al ser una planta muy sensible, tanto a los excesos como a las deficiencias de nutrientes (Zamora, 2016).

La primera sería realizar un análisis del terreno de cultivo, previo a la siembra, para conocer la cantidad de cada uno de los nutrientes presentes en el suelo que pueden estar a disposición de las plantas. En este caso, conociendo las necesidades nutricionales medias del ajo se puede llevar a cabo un abonado anterior a la plantación que complemente las cantidades que ya posee.

Igualmente, analizar el agua de riego también supone una información importante, ya que los nutrientes que ésta contiene son tenidos en cuenta en la preparación de la solución nutritiva. Esta medida es más apropiada para sistemas de riego por goteo, aunque en riego por gravedad tampoco está de más conocer la riqueza nutricional del agua con la que se riegan los cultivos.

Otro aspecto que resulta fundamental es el conocimiento de la demanda nutrimental del cultivo en sus diferentes etapas fenológicas. A este respecto, la tabla 3 muestra las extracciones totales de los principales elementos nutritivos para producir 10 toneladas de ajo por hectárea, reportadas por Burba (1992).

Nutriente

Extracción (kg · ha-1)

Nitrógeno (N)

100 – 250

Potasio (K)

70 – 170

Fósforo (P)

15 – 50

Calcio (Ca)

15 – 30

Magnesio (Mg)

5 – 15

Azufre (S)

20 – 60

Tabla 3. Extracción de nutrientes del cultivo de ajo para un rendimiento de 10 t · ha-1 (Burba, 1992).

Como se puede apreciar, la demanda de nitrógeno y potasio es elevada por parte de las plantas, la de azufre también es significativa, mientras que las de fósforo, calcio y magnesio son relativamente bajas, especialmente si se comparan con los dos primeros elementos.

Por lo tanto, los resultados del análisis de suelo y agua, así como el conocimiento de la demanda de nutrientes por parte del cultivo son la base para preparar los programas de fertilización, no sólo en las plantaciones de ajo, sino en todos los cultivos. Estos programas se ajustan o corrigen sobre la marcha, con base en los resultados de los análisis foliares y de la solución del suelo (Castellanos et al., 2006).

4 Recomendaciones para una correcta fertilización

Hemos visto cómo pueden ajustarse las cantidades de elementos nutritivos necesarios para el cultivo. A continuación, vamos a exponer una serie de aspectos fundamentales y recomendaciones reportadas por INIFAP – Zacatecas (2009) y la Universidad de Sonora (2016) en lo referente a la fertilización del ajo. Son las siguientes:

– El consumo de fertilizantes no es siempre el mismo, éste va a variar en función de factores como el tipo de suelo, el manejo del cultivo, la densidad de plantación, las condiciones climáticas y la variedad utilizada (Andreoli et al., 2008; Lipinski, 1997; Lipinski y Gaviola, 2005).

– La absorción de los nutrientes por las plantas de ajo es constante, pero no uniforme durante el ciclo del cultivo, ya que varía de acuerdo con la etapa de desarrollo (Castellanos et al., 2000). En este sentido, es conveniente realizar algunas determinaciones del crecimiento de la planta, así como análisis de savia, a fin de que sirvan de apoyo al cálculo de los fertilizantes.

– Durante los primeros días, la planta se alimenta de las reservas que tiene el diente de ajo que se ha usado como semilla, por lo que la absorción de nutrientes es reducida. Para compensar esto, se recomienda realizar un abonado de fondo para que el cultivo tenga disponibilidad suficiente en el suelo desde el momento en que se terminen dichas reservas de la semilla.

– Aprovechando las labores de rayado del suelo, se puede realizar una fertilización de fondo que favorezca el desarrollo vigoroso del cultivo desde el inicio del ciclo, logrando así una ventaja con respecto a los cultivos donde la primera fertilización no ocurre hasta que se ha establecido el mismo.

– Suelen establecerse dos épocas de aplicación del fertilizante en el cultivo del ajo: La primera se realiza en el momento de sembrar o antes del primer riego de auxilio y la segunda de 50 a 60 días después de la primera.

– Existen diversas teorías en lo que respecta a esta primera aplicación de una fracción del fertilizante total aportada al suelo. Reveles – Hernández et al. (2009) recomiendan en siembras en surcos a doble hilera de plantas y con riego por gravedad, que se aplique todo el fósforo, la mitad del nitrógeno y la mitad del potasio durante la siembra o inmediatamente después de la nascencia, aportando el resto del nitrógeno y el potasio 60 días después de la primera fertilización, pero nunca después de iniciada la formación de bulbos.

– En base a trabajos de investigación realizados en el Campo Experimental Zacatecas en el cultivo del ajo, empleando fertirrigación mediante el sistema de goteo, se recomienda aplicar la fórmula de fertilización cuyo equilibrio es: 250 N – 100 P – 265 K – 120 Ca (Bravo y Echavarria, 2003).

– Dependiendo del tipo de suelo, Zamora (2016) estima que la fertilización nitrogenada pudiera ser de 120 a 240 kg de N por hectárea y de 60 a 80 kg · ha -1 de fósforo, pudiendo ser aportados zinc y calcio, en caso requerido, mediante aplicaciones de sulfato de zinc y superfosfato triple de calcio, respectivamente.

En cuanto al riego, si es por gravedad, el número de aplicaciones dependerá del tipo de suelo y de la presencia de lluvias durante el desarrollo de la planta, siendo suficiente con 6 riegos en los suelos franco-arcillosos, 7 – 8 en los de textura media como son los arcillo-arenosos, 9 – 10 en los suelos franco-arcillo-arenosos y para suelos franco-arenosos el número de riegos se extiende hasta los 11 – 15 por ciclo. El último riego debe aplicarse a los 15 – 20 días antes de la cosecha (Zamora, 2016).

Para concluir, hemos podido comprobar que existe una cierta diversidad en cuanto a las dosis de fertilizantes, según cada autor, algo que resulta perfectamente comprensible si tenemos en cuenta que las cantidades de los distintos abonos no son estándar, sino muy específicas, haciendo las posibles combinaciones infinitas, debido a que cada programa de fertilización (fertirrigación) está en función de numerosos factores como tipo de agua o de suelo, condiciones ambientales, manejo del productor, cultivo anterior, densidad de siembra, estado fenológico del cultivo, etc.

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