Mildiu de las cucurbitáceas

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Introducción

El pepino, dentro del grupo de las hortalizas cultivadas, es un producto altamente valorado, tanto por su valor agronómico para el productor como por sus cualidades nutritivas para el consumidor, ya que es una fuente de alimento rica en vitaminas y minerales. Sin embargo, este cultivo suele verse afectada a lo largo de su ciclo de vida por algunas enfermedades causadas por organismos fitopatógenos. Sin duda, la más importante es el mildiu, que puede arrasar plantaciones enteras en un espacio de tiempo muy corto si las condiciones ambientales son favorables para su dispersión, causando daños muy graves e irreversibles, por lo que las medidas preventivas y de control resultan fundamentales.

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Infección y dispersión

 Los mildius son principalmente tizones del follaje de las plantas que atacan y se propagan con gran rapidez por los tejidos verdes, tiernos y jóvenes, incluyendo hojas, tallos y frutos (Agrios, 1995), aunque existen ciertas diferencias entre los llamados tizones, como ocurre con la papa y el tomate. De este modo, los mildius verdaderos pertenecen a un grupo de oomicetos que forman parte de la familia Peronosporaceae.

Todas las especies de esta familia son parásitos obligados de plantas superiores y causan enfermedades en numerosos grupos vegetales que incluyen a la mayoría de las hortalizas y gramíneas cultivadas, así como a muchas plantas ornamentales, arbustos y vides. En el caso del pepino, el organismo responsable de los ataques es Pseudoperonospora cubensis, conocido comúnmente como el “mildiu de las cucurbitáceas”.

P. cubensis fue reportado por primera vez en Cuba en 1868, siendo identificado veinte años más tarde en Japón. Desde 1971 atacaba solamente a los cultivos de pepino en Francia, pero ahora también está presente en otras cucurbitáceas, especialmente en melón donde resulta un limitante de la producción (Blancard et al., 2000).

Sus exigencias climáticas le llevaron a colonizar inicialmente las regiones tropicales y subtropicales, aunque en la actualidad se encuentra distribuido en todos los países donde se cultivan cucurbitáceas de forma comercial (Lebeda y Cohen, 2011). Una de las características más significativas de este organismo es su capacidad de infectar a un amplio rango de hospedantes. Se estima que actúa sobre unas 40 especies de 20 géneros de la familia Cucurbitaceae, destacando por su importancia económica, la sandía, el pepino, el melón y la calabaza (Shetty et al., 2002).

La infección puede producirse con temperaturas entre 8º y 27º C, situándose su óptimo entre los 18º y 23º C. Además, soporta bien las altas temperaturas, de manera que varios días consecutivos a 37º C, no merman su viabilidad (Blancard et al., 2000). Dicha infección está fuertemente influenciada por la presencia de una lámina o capa de agua libre sobre la superficie del tejido vegetal durante un periodo mínimo de dos horas, incrementándose significativamente cuando se superan las diez horas bajo condiciones de elevada humedad ambiental (Aegerter et al., 2002). De este modo, situaciones donde están presentes nieblas, rocíos, lluvias o riegos por aspersión favorecen su dispersión, pudiendo ocasionar pérdidas considerables en los cultivos en muy poco tiempo si las condiciones de su entorno resultan óptimas para su desarrollo.

En este sentido, los mildius forman esporangios sobre esporangióforos, que difieren del micelio por su forma de ramificarse. Cada uno de los géneros de mildiu tienen una forma característica de ramificación de sus esporangióforos, lo que constituye un criterio utilizado para su identificación (Agrios, 1995).

Inicialmente, los esporangióforos son casi siempre largos y blancos, emergiendo en grupos a través de los estomas de la planta. Más tarde, van adquiriendo una tonalidad grisácea o marrón clara y forman una matriz visible que está constituida por las hifas, principalmente en el envés de las hojas, aunque también pueden hacerlo en el haz o sobre otros tejidos infectados. 

Cuando se origina una capa de agua sobre las hojas, cada esporangióforo crece hasta alcanzar la madurez, produciendo los esporangios de forma casi simultánea y, éstos a su vez, dan origen a las zoosporas (esporas móviles) que germinan y penetran en el tejido vegetal. Una vez que se ha producido la infección, este organismo fitopatógeno se introduce en la planta y produce haustorios, pequeños órganos que facilitan el consumo de los nutrientes de las células vegetales vivas, creciendo así en el interior de las hojas, donde después de un tiempo, saldrán nuevas estructuras con esporas de los estomas.

La dispersión se puede producir por medio de distintos factores como el viento, las salpicaduras del agua de lluvia, el riego por aspersión y también por contacto a través de utensilios o de trabajadores. Asimismo, se ha reportado que algunos insectos pueden diseminar las citadas estructuras reproductivas.

   Su ciclo es relativamente corto, apareciendo los síntomas a los pocos días de la infección. Generalmente, pueden observarse dentro de los 11 días posteriores, con una esporulación que se produce alrededor de 5 – 11 días más tarde (Rebollar et al., 2012). Además, este organismo puede sobrevivir durante los periodos más desfavorables en forma de micelio, principalmente en los restos vegetales, sin la formación de oosporas (estructuras de supervivencia que pueden resistir durante varios años).

Síntomas y daños

 P. cubensis necesita tejido vivo para sobrevivir y está altamente especializado en las plantas que infecta. Este pseudohongo penetra en el hospedante de forma directa a través de la cutícula y la epidermis, alimentándose de las células del parénquima por medio de haustorios y una profusa red de micelio intercelular (Álvarez, 2013).

   Los síntomas de esta enfermedad se pueden observar sobre todo en las hojas de las plantas de pepino, pero también de forma más ocasional en tallos, pedúnculos, cáliz y pétalos. Inicialmente, en el haz de las hojas se desarrollan manchas con formas irregulares correspondientes a las lesiones, limitadas por los nervios y de color amarillento que, posteriormente, cambia a tonos marrón como consecuencia de la evolución de la clorosis a la necrosis.

En el envés aparecen los signos de la esporulación del patógeno, que corresponden a un micelio con una abundante producción de esporangióforos y esporangios, provocando la apariencia de vellosidad característica de la enfermedad (Hollier et al., 2001). Estas estructuras son la fuente de diseminación a otras plantas, pudiendo colonizar grandes superficies de cultivo a partir de una pequeña zona considerada el foco de la infección. 

En cuanto a los daños, como ya se ha mencionado, el mildiu puede ocasionar pérdidas rápidas e importantes en los cultivos donde se presenta. Dichas pérdidas dependen en parte de la cantidad de inóculo inicial, pero, sobre todo, de la prevalencia de una atmósfera húmeda durante la cual estos organismos esporulan profusamente, causando numerosas infecciones y propagándose hacia los tejidos jóvenes suculentos a los que matan con rapidez (Agrios, 1995).

En el pasado, los distintos mildius que han afectado a varios cultivos han causado epidemias catastróficas. Algunos de ellos continúan en la actualidad provocando pérdidas importantes. En lo que respecta al mildiu que ataca los cultivos de pepino, su incidencia resulta variable, asimismo los daños y pérdidas originadas en ellos. Su gravedad depende de varios factores, no sólo climáticos, sino también de manejo por parte del agricultor.

De este modo, estos daños pueden variar desde leves, con un porcentaje afectado en torno al 20% hasta la totalidad de las plantas cultivadas. Las lesiones foliares van aumentando, lo que afecta a la actividad fotosintética de las plantas, reduciendo su desarrollo y rendimiento. Si la evolución de la enfermedad va en aumento provoca un achaparramiento de las plantas y como resultado final la muerte de las mismas. Por supuesto, la cosecha también se ve afectada, tanto de manera cuantitativa (producción) como cualitativa (calidad de los frutos).

Métodos de control

La capacidad de destrucción de los mildius en una atmósfera bajo condiciones favorables puede resultar incontrolable. Por ello, debido a la rapidez del avance de la enfermedad y a la severidad de los daños en el cultivo, resulta fundamental una rápida reacción en cuanto se observen los primeros síntomas (Blancard et al., 2000).

En este sentido, es necesario evitar la presencia de agua libre sobre las plantas. Por ejemplo, no se debe aplicar riegos por aspersión en cultivos al aire libre, especialmente al anochecer ni por la mañana con presencia de rocío. En cultivos protegidos, es preciso reducir los valores elevados de humedad relativa de la parcela, así como el goteo excesivo de la cubierta. Esto puede conseguirse mediante el manejo de la ventilación de la estructura o aplicando una baja frecuencia de riegos, entre otras acciones.

Para reducir las posibilidades de contraer esta enfermedad por parte del cultivo de pepino, las medidas preventivas resultan fundamentales, siendo las principales las siguientes:

  • Elegir variedades que presenten cierta tolerancia o resistencia al mildiu.
  • Eliminar restos de cultivos anteriores que se han visto afectados.
  • Realizar una desinfección previa de la parcela de cultivo.
  • Planificar un marco de plantación no demasiado denso para no favorecer una elevada humedad ambiental.

Las medidas culturales o de manejo también son importantes en el control de P. cubensis. Algunas de estas acciones son:

  • Realizar un manejo climático adecuado, intentando reducir el exceso de humedad relativa.
  • Implantar una orientación óptima de las líneas de cultivo, evitando que queden las menores zonas posibles sombreadas y que el máximo de ellas reciban radiación solar.
  • Evitar causar heridas a las plantas que pueden ser la vía de entrada del patógeno.
  • Practicar labores de higiene como retirar los restos de poda y hojas senescentes o enfermas. 
  • Llevar a cabo una fertilización equilibrada, sin excesos de nitrógeno.
  • Evitar aplicar demasiado riego al cultivo, así como prevenir las salpicaduras de agua.

Si todas estas actuaciones no impiden la aparición de la enfermedad hay que recurrir al control químico, el cual supone la última opción de combate. De forma general, los fungicidas pueden clasificarse según su forma de acción en preventivos (o de contacto) y curativos (o sistémicos). Los primeros se aplican antes de que las plantas muestren síntomas, ya que sólo actúan cuando las esporas han llegado hasta ellas y están a punto de germinar, mientras que los segundos se aplican cuando las plantas ya se ven enfermas, absorbiéndose a través de las hojas o de las raíces y siendo transportados hacia el resto de la planta.

Algunas recomendaciones de uso son:

  • Aplicar algún tratamiento fitosanitario preventivo si las condiciones ambientales son óptimas para la aparición del mildiu, aunque no se observen síntomas.
  • Manejar adecuadamente los fungicidas, haciendo un programa de control razonable en cuanto a mezcla y rotación de los productos.
  • Aplicar los tratamientos cuando no haya presencia de agua libre sobre las plantas para que se produzca una mejor absorción del mismo.
  • Mojar las superficies de las plantas de manera uniforme, sin dejar zonas sin cubrir.

Algunas de las materias activas empleadas en el control de P. cubensis son: azoxistrobin, propamocarb, famoxadona, cimoxanilo, formas de cobre (hidróxido u oxicloruro), fluopicolida, folpet, fosetil-Al, metalaxil y más.

En definitiva, el mildiu en general y el de las cucurbitáceas en particular, supone un peligro sin duda para los cultivos que resulta muy difícil de controlar, especialmente con condiciones ambientales favorables. A este respecto, el empleo de fungicidas, principalmente los sistémicos, han mejorado de manera considerable la capacidad de control de este tipo de enfermedades, aun en los casos donde resulta tremendamente complicado mantenerlos a raya.

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