Principales requerimientos del cultivo

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Introducción

La higuera es un árbol que crece de manera espontánea en diversas zonas del país, cuyo desarrollo se produce bajo las condiciones naturales de su entorno. Sin embargo, esta especie precisa de unas necesidades concretas, las cuales deben tenerse en cuenta, si se cultiva de forma comercial. De este modo, ajustando el manejo del cultivo a dichas necesidades, especialmente las climáticas, edáficas e hídricas, se pueden obtener mayores rendimientos, lo que repercutirá a su vez en una mayor rentabilidad para el agricultor.

Características generales

El conocimiento de la existencia de esta planta se remonta muchos años atrás. De hecho, se considera la primera planta domesticada por el hombre (Kisley et al., 2006). Hace unos 10,000 años que la higuera es importante en la región mediterránea (Rebour, 1985).

Su origen se sitúa en Caria, una región del Asia Menor. De ahí procede su nombre científico, Ficus carica. Era muy valorada por las antiguas civilizaciones, extendiéndose su cultivo y consumo desde el Mediterráneo oriental al resto de zonas mediterráneas. Se le atribuye dicha difusión a los fenicios, griegos y romanos, donde sus frutos eran considerados fundamentales para la alimentación de estas poblaciones, además de otorgarle distintas propiedades, incluso ha tenido la consideración de árbol sagrado.

Una vez establecido su cultivo en la Cuenca del Mediterráneo y el resto de Asia, la higuera llegó a América poco después de su descubrimiento, en torno el año 1520 (Prataviera y Godoy, 1985).

Se conocen más de 750 especies del género Ficus, hasta 1,000 según diversos autores (Ctifl, 1994), siendo la especie más cultivada y conocida la anteriormente nombrada Ficus carica. Aunque la higuera pertenece a la familia de las moráceas, no se ha podido injertar ni hibridar con la morera (Westwood, 1982).

En lo que respecta a sus principales características botánicas, es un árbol que puede vivir de 30 a 40 años. Presenta un crecimiento muy rápido, con una altura variable, comprendida entre los 3 y los 9 metros, alcanzando alturas considerables si las condiciones de su entorno le son favorables, mientras que si son adversas adopta una forma arbustiva, incluso casi rastrera en determinadas zonas.

Su parte aérea muestra una gran envergadura como consecuencia de su abundante ramificación, cuya copa tiene forma redondeada y aplanada. Posee un tronco grueso y robusto, de madera blanda, con la corteza de color gris, sin rugosidades, de la que salen numerosos brotes frágiles. Sus distintas partes atienden a la siguiente descripción:

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Suelen ser grandes, curvadas y con una tendencia colgante, de color gris claro y madera frágil, aunque al mismo tiempo resulta bastante elástica. En ocasiones, su corteza se agrieta con facilidad por la incidencia del sol. Este agrietado es causa de debilitamiento y posterior ataque de parásitos.

Son terminales y axilares. La yema terminal es vegetativa, mientras que en las axilas de las hojas se puede encontrar una yema vegetativa central acompañada por dos yemas de flor (Westwood, 1982; Ctifl, 1997). La yema de flor origina en su desarrollo un sicono, que es la inflorescencia de la higuera, mientras que la yema de madera da lugar a un ramo mixto, provisto de nuevas yemas vegetativas y de flor (Melgarejo, 1999).

Son fibrosas, abundantes y muy frágiles. Su sistema radicular es fasciculado, carece de raíz pivotante, no predominando ninguna raíz principal. En los suelos secos explora en profundidad en busca de la humedad del subsuelo, mientras que cuando es cultivada y se riega, su sistema radicular es más bien superficial, encontrándose el 80 % a profundidades comprendidas entre 20 y 45 cm (Flores, 1990).

Presenta inflorescencias, que consiste en un receptáculo floral excavado, denominado sicono, en cuyo interior se encuentran numerosas flores unisexuales muy pequeñas (las masculinas se sitúan en el ápice y las femeninas en la base), cuya única salida al exterior es el ostiolo. Las flores femeninas se componen de ovario, estilo largo y estigma bífido, mientras que las masculina están constituidas por tres sépalos y tres estambres. En el caso de flores con los sexos separados, son los insectos los encargados de la fecundación.

En función de la polinización, se pueden distinguir tres tipos:

  • Higuera Común: No requieren polinización.
  • Higueras de Esmirna: Sus flores femeninas son polinizadas por insectos, fundamentalmente la avispa del higo, el himenóptero Blastophaga psenes, con el que mantiene una perfecta simbiosis.
  • Higuera Intermedia: No necesita polinización para el desarrollo de las brevas, pero sí para obtener los higos.

El higo no es el fruto de la higuera, sino que es un receptáculo o sicono en cuyo interior se encuentran las flores y después los frutos. Es, por tanto, una infrutescencia. La parte carnosa y dulce del sicono corresponde a los receptáculos florales que, tras la fecundación, se han hinchado y se han vuelto carnosos, formándose un falso fruto que se denomina breva o higo, según el periodo de madurez y el tejido sobre el que se forma. Las brevas se originan desde yemas axilares ubicadas en la parte terminal de los brotes de la estación de crecimiento anterior, mientras que los higos se producen lateralmente en las axilas de las hojas de los brotes del año. Tanto unas como otros se encuentran recubiertos de una piel muy fina de color verde, negro, morado o marrón rojizo, dependiendo de las diferentes variedades, en cuyo interior se encuentran los verdaderos frutos, denominados aquenios.

De color blanco, es amarga y astringente. Este látex es típico del género Ficus al que pertenece y se espesa al entrar en contacto con el aire. Tanto el árbol como sus frutos poseen células secretoras de látex, sustancia que sirve para su defensa contra invasores tales como insectos, microorganismos y hongos patógenos. El látex es irritante para la piel, por lo que se recomienda cosechar utilizando guantes y cubriendo los brazos.

Principales requerimientos

En general, estas plantas no son demasiado exigentes, aunque sí es preciso ajustar los parámetros de su entorno para obtener un desarrollo óptimo que dé lugar al rendimiento deseado. Vamos a tratar los tres aspectos fundamentales en cuanto a los requerimientos de esta especie vegetal.

Necesidades Climáticas

Al tratarse de un árbol cuyo origen se sitúa en el mar Mediterráneo, sus preferencias apuntan hacia climas cálidos con inviernos suaves, aunque también puede tolerar un rango de temperaturas bastante amplio, desde valores elevados propios del desierto hasta los bajos de las regiones frías del norte y, por supuesto, puede crecer en climas subtropicales.

A pesar de su extensa tolerancia climática, donde se cultiva de manera verdaderamente rentable es en las regiones que presentan climas cálidos y templados del hemisferio norte, entre los 35 y 40 º de latitud.

En la tabla 1 podemos observar los valores críticos de temperatura para el crecimiento de Ficus carica.

Temperatura

Consecuencias

> 45 º C

Sucesión irregular de las fases vegetativas

> 37.7 º C

Caída de los frutos

< 25 º C

Retraso de la maduración

< – 7 º C

Muerte de los frutos

< – 12.2 º C

Muerte de la planta por helada

Tabla 1. Umbrales de temperatura para F. carica (Flores, 1990).

De este modo, para conseguir un crecimiento óptimo en todas las fases del cultivo se le debe proporcionar un ambiente cálido, siempre que sea posible, evitando los excesos de temperaturas en momentos puntuales. Del mismo modo, se debe proporcionar abrigo si las temperaturas descendieran demasiado en algún momento, evitando así los problemas descritos anteriormente.

En México, la temperatura media anual se estima que está comprendida entre 17 º y 19 º C, aunque cada región presenta su rango de temperaturas concreto, el cual debe ser tenido en cuenta.

En lo que respecta a la humedad, le favorecen los ambientes secos, con escasas precipitaciones. Si éstas se producen de manera intensa podrían resultar perjudiciales, dada su sensibilidad a la podredumbre radicular. Igualmente, los climas lluviosos o los periodos prolongados de lluvia perjudican la calidad de los siconos.

Preferencia de suelos

La higuera es un frutal poco exigente en suelos, pudiendo adaptarse a tipos poco apetecibles como son los salinos, semidesérticos, calizos, pobres y pedregosos. Su potente sistema radicular le permite explorar grandes superficies, así como soportar largos periodos de sequía.

También presenta una buena resistencia a la salinidad, solamente superada por pocas especies como la palmera datilera (Phoenix dactylifera), jinjolero (Zizifus vulgaris) y chumbera (Opuntia ficus-indica), lo que aumenta su valor al poder aprovechar terrenos salinos, donde no es posible instalar otros cultivos de frutales que no resultan rentables en esas zonas. Igualmente, la higuera presenta una resistencia máxima a la clorosis férrica y a la caliza activa.

No obstante, a pesar de su gran capacidad de adaptación y resistencia, estos árboles pueden ofrecer un alto rendimiento si se les coloca en suelos con unas características específicas, como pueden ser principalmente:

  • Permeables, con buen drenaje.
  • Más bien secos, sin exceso de humedad.
  • Alcalinos, con valores de pH entre 8.0 y 8.5.
  • Ricos en nutrientes, especialmente el calcio.
  • No debe plantarse en suelos arenosos, ligeros y sumamente ácidos.

Por tanto, si los suelos agrícolas de estos cultivos son sometidos a cambios o enmiendas orientados a conseguir estas características, la mejora en su desarrollo y rendimiento será considerable.

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Requerimientos hídricos

No es una planta que requiere de mucha humedad. De hecho, tradicionalmente, este cultivo se ha desarrollado mayoritariamente en secano, aunque últimamente se está produciendo un cambio hacia un incremento en la superficie de regadío dedicada al cultivo comercial de variedades productoras con las que se obtiene una mayor rentabilidad económica. 

A pesar de una buena resistencia a la sequía, las plantaciones deben estar bien regadas, con aportes cortos y frecuentes, evitando los excesos. Sus necesidades hídricas se estiman en torno a 600 – 700 mm anuales, los cuales deben ser repartidos a lo largo de todo el año, ajustándose a las condiciones climáticas, aportando más en los periodos cálidos que en los fríos. Sus mayores requerimientos se producen cuando se da su primera cosecha. 

Cuando ocurren periodos de sequía prolongados y no recibe riegosla planta sigue vegetando, aunque en estas condiciones su producción es escasa. En esta situación, los frutos son más dulces y las hojas más pequeñas, con una reducción de la producción. Si la sequía es extrema la cosecha será nula, siendo el número de hojas y su tamaño muy reducido (Melgarejo, 1999). 

Por el contrario, el exceso de riego resulta perjudicial debido a que se obtienen higos demasiado gruesos y muy acuosos, que se pudren con facilidad. Además, estos árboles son bastante sensibles a la podredumbre radicular (Rebour, 1970). 

Por tanto, es preciso destacar que, a pesar de no tener requerimientos altos de agua, para obtener un crecimiento óptimo, así como una buena calidad de los frutos, las plantas deben estar bien regadas, ajustando las dosis a las distintas fases del cultivo y a las diferentes épocas del año. 

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