Un virus peligroso para el pepino

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Introducción

Dentro del grupo que conforman los enemigos temibles del cultivo de pepino existe un virus, conocido por las siglas CGMMV (en inglés Cucumber Green Mottle Mosaic Virus), que viene a significar el “Virus del Mosaico Moteado Verde del Pepino”. Este virus afecta a varias especies de cucurbitáceas y causa importantes pérdidas en las plantaciones de pepino de gran parte de la superficie de cultivo del mundo. Sin duda, hay que prestar mucha atención en lo referente a la prevención y al control, debido a que su transmisión resulta sumamente fácil.

Descripción y distribución en el mundo

El CGMMV se encuadra taxonómicamente dentro del género Tobamovirus y la familia Virgaviridae (Moratilla, 2017; Espino y Otazo, 2018) y fue descrito por primera vez en el año 1935 en cultivos de pepino de Inglaterra, siendo denominados en un primer momento como aislados Cucumber virus 3 (CV3) y Cucumber virus 4 (CV4) (Ainsworth, 1935).

Un hecho destacable es que la producción de cucurbitáceas se ha incrementado de manera considerable en los últimos años, suplementada en mayor medida si se encuentran en estructuras protegidas como invernaderos, mallas o mixtas. También en campo abierto, pero bajo el abrigo de túneles plásticos. 

Uno de los principales problemas de estos cultivos son las enfermedades producidas por distintos tipos de virus, donde el CGMMV ha sido diagnosticado no solamente en pepino, sino también en calabaza, calabacín, melón y sandía, cuyas muestras analizadas han reflejado infecciones mixtas, es decir, combinado con otros virus. A lo que hay que añadir que las características de este virus indican que es muy estable, resultando sus partículas virales muy resistentes a los factores físicos y químicos, de manera que pueden permanecer activas durante mucho tiempo en un medio infectado, incluso durante años (Espino y Otazo, 2018).

 Esta estabilidad y resistencia tiene como consecuencia una amplia distribución en el mundo, ya que en la actualidad el CGMMV está presente en muchos países. Aunque su difusión fue lenta entre 1935 y 1985, se aceleró hasta 2006 y más aún hasta 2016, probablemente debido al aumento del comercio internacional de semilla contaminada en los últimos años (Dombrovsky et al., 2017). En una revisión relativamente reciente (Moratilla, 2017) ha sido identificado en países como Arabia Saudí (Al-Shahwan y Abdalla, 1992), Australia (Tesoriero et al., 2016), Canadá (Ling, 2013), China (Chen et al., 2006), España (Celix et al., 1996), Estados Unidos (Tian et al., 2014), Grecia (Vaveri et al., 2002), India (Vasudeva et al., 1949), Israel (Antignus et al., 1990), Japón (Inouye et al., 1967), Korea (Lee et al., 1990), Myanmar (Kim et al., 2010), Países Bajos (Mandal et al., 2008), Pakistán (Ali et al., 2004), Polonia (Pospieszny et al., 1997), Reino Unido (Ainsworth, 1935), Rusia (Slavokhotova et al., 2007), Taiwán (Wang y Chen, 1985) y Ucrania (Budzanivska et al., 2007). Como puede observarse, presente una amplia distribución mundial, incluso puede considerarse uno de los pocos virus que se han descrito en la Antártida (Polischuck et al., 2007).

En lo que respecta a México, parece que no está presente en territorio nacional, aunque nunca se puede estar seguro por su rápida y fácil capacidad de transmisión. Además, su presencia en países vecinos como Estados Unidos y Canadá, obliga a tomar medidas de vigilancia. Las vías comerciales internacionales de semillas (que podrían estar infectadas) son otra causa para permanecer alerta.

Síntomas y transmisión

 La sintomatología observada en plantas de pepino infectadas es muy característica, apareciendo inicialmente una decoloración o amarilleo con forma de estrella en el haz de las hojas jóvenes cuando la carga viral es elevada (Moratilla, 2017). Posteriormente, evoluciona hacia un mosaico verde-claro, con una distribución variable de la coloración, tanto en hoja como en fruto.

Además, este virus puede producir abullonados y deformaciones en las hojas, así como malformaciones, mosaicos más o menos intensos o vetas en el fruto. Los síntomas varían en función del aislado y la especie vegetal que esté infectada (Mandal et al., 2008). Si las plantas son pequeñas o débiles, la virosis puede ocasionar una parada de su crecimiento (Luis-Arteaga, 1994).

 

   Para Espino y Otazo (2018), algunos de los factores que influyen en una mayor o menor manifestación de los síntomas son:

  • Las condiciones climáticas, especialmente temperatura e iluminación. Periodos cálidos pueden manifestar los síntomas en los nuevos cultivos, alargándose hasta los periodos fríos, sobre todo en cultivos de pepino en invernadero.
  • El tipo de material vegetal. Los síntomas son más visibles en las hojas jóvenes, las cuales se encuentran en crecimiento activo. Solamente las plantas seriamente infectadas presentan síntomas en los frutos.
  • La especie vegetal. El pepino es más susceptible a este virus que otras especies de cucurbitáceas.

La etapa de crecimiento en la que se produzca la infección. En su estado adulto, las plantas toleran mejor la infección.

Por otra parte, existen numerosas especies de plantas que pueden servir de huéspedes al CGMMV además de las cucurbitáceas y también ciertas hierbas comunes en los cultivos, como Chenopodium album, Ecballium elaterium, Portulaca oleracea, Solanum nigrum, Heliotropum europaeum y Amaranthus spp. A este respecto, es importante señalar que la presencia de estas plantas en la parcela de cultivo ya supone un serio riesgo de infección.

En cuanto a la transmisión del virus, ésta puede producirse a través de diferentes vías, como son:

  • La semilla, cuyo nivel de transmisión resulta variable, dependiendo del hospedante, del cultivar y de la virulencia de la cepa del virus, según distintos estudios: 4.4 – 44% (Sastry, 2013) y 12.8 – 100% (Liu et al., 2014).
  • El injerto, que es una técnica muy utilizada en cucurbitáceas como melón, sandía y pepino (Mandal et al., 2008) para obtener plántulas de calidad.
  • El agua de riego contaminada (Li et al., 2015), sobre todo en cultivos hidropónicos, donde la transmisión del virus puede alcanzar un 80% (Hollings et al., 1975). En los Países Bajos, en zonas con presencia del virus, se demostró que se diseminaba al agua de drenaje, infectando un elevado número de plantas (Van Dorst, 1988).
  • El suelo y la reutilización de sustratos inertes (lana de roca, perlita, etc.) y bandejas de semilleros. En suelos contaminados con CGMMV, el virus puede permanecer infectivo hasta 10 meses o más (Vaveri et al., 2002; Dombrovsky et al., 2017).
  • Por contacto, ya sea entre las plantas debido al roce entre ellas, por la manipulación de los trabajadores en las podas o la recolección y a través de los utensilios al realizar las labores del cultivo (Melgarejo et al., 2010).
  • Su presencia en el entorno, tanto en las estructuras de los invernaderos como el contacto con los restos de cultivos anteriores contaminados. También las abejas mientras visitan las flores de las plantas, ya que se han detectado partículas de CGMMV viable sobre el polen, la miel y las abejas en estudios realizados en colmenas (Espino y Otazo, 2018).

De este modo, el CGMMV se ha convertido en un serio problema para los cultivos de cucurbitáceas, especialmente en pepino. Su facilidad de transmisión entre plantas y de dispersión por gran parte del globo lo sitúa como un enemigo muy peligroso de los agricultores al que hay que tener muy en cuenta.

Prevención y control en parcelas de cultivo

Hoy día, los laboratorios de Sanidad Vegetal analizan varios tipos de virus diferentes. En el caso de las cucurbitáceas como es el pepino, un elevado porcentaje de muestras reflejan infecciones mixtas, es decir, con presencia de dos o más virus. Por ello, para desarrollar una estrategia de prevención y control en los cultivos que resulte adecuada, es imprescindible obtener un diagnóstico previo de laboratorio, ya que cada virus tiene una forma específica de transmisión (Espino y Otazo, 2018).

En este sentido, la mayoría de los virus se valen de insectos vectores como pueden ser moscas blancas, trips o pulgones, incluso de hongos de suelo. Sin embargo, en el caso del CGMMV, su transmisión, como ya hemos visto, puede producirse mediante muy distintos medios, como las semillas, los suelos y los sustratos reutilizados, el agua de riego, los restos vegetales, los utensilios de trabajo, el contacto entre plantas o incluso a través de los insectos polinizadores. 

Por tanto, se trata de un virus muy estable, que puede permanecer infectivo durante largos periodos de tiempo en los restos vegetales, en el suelo contaminado o en la cubierta de las semillas, siendo imprescindible controlarlo para reducir su impacto, tanto durante el cultivo como en los siguientes ciclos (Reingold et al., 2015). Para conseguir dicho control, la mejor estrategia es la prevención, cuyas principales medidas son las siguientes:

  • Utilizar semillas que ofrezcan garantías de estar libres del virus.
  • Verificar el estado sanitario de las plántulas del semillero antes de introducirlas en la parcela de cultivo.
  • Realizar las labores de cultivo siempre en la misma dirección.
  • Utilizar protección en la ropa (guantes, calzado, etc.).
  • Desinfectar con hipoclorito sódico (lejía) al 10% los elementos de la parcela, como estructuras, sustratos, instalaciones de riego, herramientas de trabajo, etc. Asimismo, colocar alfombras con líquido desinfectante en las entradas a la misma.
  • Eliminar las plantas con síntomas, sacarlas de la parcela y enviar muestras al laboratorio para confirmar mediante análisis.
  • Permanecer el personal en la misma parcela, sin trasladarse a otras. Si se hace, se debe cambiar los guantes, la ropa y el calzado.
  • Realizar rotación de cultivos si ha habido presencia del virus en el cultivo anterior, empleando especies no susceptibles al patógeno.
  • Limpiar bien el terreno, eliminando los restos vegetales y las hierbas presentes, tanto dentro como fuera de la parcela.
  • Utilizar variedades comerciales de pepino resistentes al CGMMV si se han presentado daños graves.
  • Implantar periodos largos de parón (30-60 días), sin cultivo, para que transcurra tiempo sin plantaciones, donde se puede aprovechar para incorporar materia orgánica o realizar técnicas desinfectantes como solarización o biofumigación, aprovechando las altas temperaturas, especialmente en invernaderos.

Como se ha podido comprobar, este virus supone una grave amenaza para los cultivos de pepino, sobre todo en aquellos que presentan unas características concretas, como pueden ser: bajo invernaderos, hidropónicos (en sustratos inertes), con antecedentes de infección, si se usa semilla de origen dudoso y más. Por tanto, la vigilancia y la prevención resultan fundamentales para establecer un cierto control en las plantaciones de Cucumis sativus.

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