28/04/2022

Revista InfoAgro México

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Virus de la Marchitez

Virus de la marchitez

1. Introducción

2. Descripción y dispersión de la enfermedad

3. Síntomas y daños

4. Medidas preventivas

1. Introducción

Según FAOSTAT, la base de datos agrícolas de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), la piña es la tercera fruta tropical que presenta un mayor volumen de producción a nivel mundial, después del plátano y el mango. Este cultivo, como sucede con otros muchos, se ve afectado por varios organismos patógenos que afectan a su desarrollo y rendimiento, ocasionando pérdidas económicas a los agricultores. En el caso de la piña, los principales problemas son causados por diversos insectos plaga, nemátodos fitopatógenos, bacterias, hongos y virus. Respecto a estos últimos, el complejo de Ampelovirus son los responsables de la enfermedad conocida como “marchitez de la piña”, la cual es una de las más destructivas para este cultivo, que actúa en todo el mundo.

2. Descripción y dispersión de la enfermedad

Esta enfermedad ha sido reportada, en gran parte, de numerosos países productores de este frutal en el mundo, como: Hawái, Sri Lanka, Tailandia, Brasil, Australia, Cuba, diversos países de Centroamérica, las islas del Caribe y Taiwán (Singhe y Sastry, 1974; Rohrbach et al., 1988; Hu et al., 1993, 1997; Hughes y Samita, 1998; Wakman et al., 1995; Sether y Hu, 2002; Borroto et al., 2007; Shen, 2009).

Es importante señalar que, en sus primeras descripciones, los síntomas fueron asociados al daño producido por las cochinillas (Dysmicoccus brevipes y D. neobrevipes) y no a causas de origen vírico. Por este motivo, inicialmente se denominó a esta enfermedad marchitez de la piña producida por cochinillas, término que, actualmente, se sigue utilizando.

Posteriormente, se determinó que la causa de la enfermedad es un complejo de factores en el que están involucrados varias especies de virus del género Ampelovirus, familia Closteroviridae. Estos virus se nombran de forma genérica como “Virus Asociados a la Marchitez de la Piña por Cochinillas”, derivado del término en inglés “Pineapple Mealybug Wilt­Associated Virus, cuyo acrónimo es PMWaV (Sether y Hu, 2002). Actualmente, los estudios realizados sugieren que estos virus, en asociación con las cochinillas, son los responsables de la manifestación de los síntomas de la enfermedad (Sether et al., 2005).

Asimismo, es importante señalar que no basta con que se produzca la presencia del virus en la planta para que se desarrollen dichos síntomas, ya que es imprescindible que se hayan establecido también los individuos de una colonia de chinches harinosas, principalmente las cochinillas grises y/o rosadas, y que éstos se estén alimentando del vegetal (Sether y Hu, 2002).

Las hipótesis que aportan una explicación indican que podrían liberarse, en el momento de la alimentación en la planta, determinadas toxinas del insecto, que se asocian a proteínas virales, ya sea las relacionadas con el movimiento del virus en la planta o las de desarrollo de los síntomas. Dicho de otro modo, al alimentarse las cochinillas de la planta, se podrían liberar estas sustancias que actuarían como cofactores de las proteínas relacionadas con la inducción de los síntomas, o que modifiquen estas últimas, de tal forma que sólo se activen al interactuar una con otra (Hernández y Peña, 2009).

De este modo, la diseminación de los virus en la plantación ocurre por medio de las cochinillas que, al alimentarse en una planta infectada, actúan como vectores cargándose con el virus y propagándolo al pasar a otra planta sana, cercana a la enferma. Por tanto, hasta el momento, estos insectos son los únicos vectores conocidos en la dispersión del PMWaV (Sether et al., 2005).

A esto, hay que añadir que estas cochinillas presentan una amplia distribución, lo que las hace una peligrosa arma de cara a la dispersión del virus. En este sentido, Rhombach et al. (1988), señalan que la especie Dysmicoccus brevipes se ha observado en más de 50 clases de plantas, entre las que se encuentran varias arvenses y la caña de azúcar, por ejemplo. Asimismo, D. brevipes se ha visto infestando cultivos de piña acompañado por otras especies, como D. bispinosus, D. grassii, Ferrisia virgata, Planococcus minor, Pseudococcus sp. y Nipaecoccus nipae.

Otro factor que contribuye a la dispersión de los virus en las plantaciones de piña son las hormigas, debido a su relación simbiótica que mantienen con las citadas cochinillas.

Por otra parte, para Hernández y Peña (2009), los sistemas utilizados en el establecimiento de las nuevas plantaciones de piña se podrían incluir dentro de los factores que intervienen en la epidemiología de la enfermedad, ya que la falta de hospederos alternativos del virus, hace que la fuente de inóculo primario la constituya, de forma mayoritaria, el material de propagación infectado. De este modo, al establecer nuevas plantaciones con material infectado, se condiciona la aparición y posterior diseminación de la enfermedad.

3. Síntomas y daños

La aparición de los síntomas de la enfermedad, así como su grado de manifestación, dependen de diferentes factores, tales como:

  • Variedad cultivada.
  • Edad de la planta.
  • Número de individuos en la colonia de cochinillas.
  • Duración de la alimentación de los mismos.
  • Condiciones climáticas, especialmente las temperaturas.

Dichos síntomas son identificados, generalmente, por los siguientes indicios (Sether y Hu, 2002; Almodóvar, 2014):

  • Enrojecimiento progresivo de las hojas más viejas.
  • Enrollamiento de los bordes y de las puntas de las hojas hacia el suelo.
  • Pérdida de líquidos y muerte regresiva de la hoja.
  • Reducción de la masa radicular.
  • Debilitamiento de las plantas afectadas.
  • Ralentización del crecimiento.
  • Reducción del tamaño de los frutos.
  • Maduración más tardía.
  • Disminución de la calidad del fruto, debido a una consistencia fibrosa y un sabor ácido, que afectan negativamente a su valor comercial.
  • Descenso del rendimiento.

La evolución de los síntomas en el cultivo es descrita por Hernández y Peña (2009) de la siguiente manera, considerando tres fases en el desarrollo de la enfermedad:

  • Primera fase. Se desarrolla una coloración de bronceada a púrpura, en las hojas tercera y cuarta de la corona, comenzando por el corazón, donde los márgenes de las mismas se curvan hacia la cara inferior, pero la zona del ápice permanece erecta.
  • Segunda fase. El color de las hojas se torna rojo brillante o amarillo, al mismo tiempo que las hojas pierden la turgencia y el ápice se vuelve carmelita.
  • Tercera fase. Las hojas más jóvenes son erectas, pero carentes de turgencia, mientras el ápice de la mayoría de las otras hojas es curvado y de color pardo oscuro.

Después de la aparición de estos síntomas, se produce una reducción significativa del sistema radicular. También es importante tener en cuenta que algunas plantas revierten los síntomas en un estado avanzado del desarrollo de la enfermedad, de tal forma que las nuevas hojas van brotando con un color verde normal, propio de las plantas sanas, aparentando una completa recuperación (Sether y Hu, 2002). Este hecho, supone una seria gravedad, ya que los productores pueden considerarlas plantas sanas, estando infectadas. Por tanto, cuando se recolecten las coronas y los hijos, como material de propagación, provocará la diseminación de la enfermedad en la nueva plantación, que se formará a partir de los propágulos infectados.

Por otra parte, se ha observado que en plantas de piña con síntomas severos del virus, se desarrollan importantes cambios metabólicos inducidos por la enfermedad, entre los cuales se incluyen la aparición de altos niveles de ácido abscísico, proteínas solubles, prolina y fenoles libres, acompañados de un aumento en la actividad peroxidasa e invertasa que, en conjunto, podrían explicar algunos de los síntomas (Nieves et al., 1996).

En lo que respecta a los daños, existe un amplio intervalo de cifras referidas a las pérdidas económicas sufridas, aunque, como se ha podido observar en función de los síntomas, la gravedad con la que actúa este virus dependerá de diversos factores que lo harán, probablemente, en conjunto. Entre las cifras de pérdidas citadas por algunos autores, el impacto en las áreas productoras puede oscilar entre el 25 % y el 100 % de las cosechas (Sether y Hu, 2002). Hu et al. (1996), hablan de pérdidas en la producción de hasta el 80 %.

4. Medidas preventivas

Es evidente que, cuando el virus está presente en las plantas, ya no hay solución posible. Por ello, la implementación de medidas que reduzcan los riesgos de contagio va a ser de gran ayuda en la prevención de las infecciones causadas por este “virus de la marchitez”. Algunas de estas medidas preventivas y/o culturales son:

– Actuar contra el insecto vector. Los tratamientos insecticidas contra las cochinillas que dispersan el virus han sido el principal medio de actuación, sin tener en cuenta que algunos de estos productos causan serios problemas (desequilibrio ecológico, contaminación del medioambiente, intoxicación de operadores, desarrollo de resistencias, etc.). Sin embargo, se puede combatir a estos cóccidos de una forma más inocua y responsable, utilizando ciertos productos más respetuosos y menos contaminantes, a base de extractos vegetales, jabones, aceites, etc. También se pueden aplicar otras técnicas contra las cochinillas como el control biológico o las medidas físicas, entre otras.

– Vigilar el entorno del cultivo. La presencia de especies hospederas que sean susceptibles de albergar a D. brevipes supone una amenaza. De hecho, se ha encontrado esta cochinilla con bastante frecuencia en otros frutales, como: Aguacate, coco, guayaba, mango, naranjo y plátano, lo que indica la amplia distribución del vector. Según Martínez et al. (2006), es preciso tener en cuenta a la hora de planificar nuevas plantaciones de piña, qué cultivos van a ser colindantes y cuáles se pueden intercalar en las plantaciones de piña. Las malezas, las plantas ornamentales y algunos pastos podrían suponer un reservorio para la presencia del insecto vector.

– Eliminar los restos de cosechas anteriores. Las plantaciones viejas cercanas a las nuevas deben ser destruidas rápidamente después de la cosecha para evitar un posible contagio del agente vírico. No deben establecerse nuevas plantaciones usando material de propagación proveniente de campos infectados.

– Utilizar material de propagación que esté libre de la enfermedad. Establecer plantaciones que no tengan ninguna sospecha de la presencia de virus es un factor muy importante de cara a la prevención de la enfermedad.

– Sembrar variedades tolerantes o resistentes. Esta medida también puede reducir la incidencia del virus en las plantaciones de piña.

– Eliminar las plantas que muestren síntomas. Almodóvar (2014), recomienda quitar dichas plantas de forma manual y destruirlas si hay menos del 3 % de plantas afectadas.

– Establecer un monitoreo constante, tanto de la cochinilla harinosa como de los síntomas del virus, en todas las etapas de desarrollo del cultivo hasta el momento de la cosecha.

Finalmente, no podemos olvidar que el control de las hormigas es una medida esencial, debido al papel tan importante que tienen éstas en la diseminación del PMWaV al proteger y transportar a los vectores del virus de una zona a otra, resultando así muy determinantes en el contagio y dispersión de la enfermedad a nivel local. Por esto, una de las principales medidas en las estrategias de manejo más usadas en el sector de la piña es el control de las hormigas.