11/10/2022

Revista InfoAgro México

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Efectos del oídio en el durazno

Efectos del oídio en el durazno

1.Introducción

2.Síntomas y daños

3.Condiciones favorables y dispersión

4.Manejo del cultivo frente a la enfermedad

  1. Introducción

El oídio está considerada la enfermedad más peligrosa del durazno a nivel mundial. El responsable es un hongo que ataca a estos árboles frutales, a los cuales les perturba su normal desarrollo, les disminuye la producción e incluso perjudica a sus frutos después de ser recolectados, lo que se denomina una enfermedad de postcosecha.

Su peligrosidad radica en que este organismo coloniza diversas partes de la planta, como hojas, tallos, flores, brotes y frutos, ocasionando daños en los huertos durazneros. Si a estos ataques se les suman aspectos como la susceptibilidad de los cultivares utilizados y/o unas condiciones climáticas favorables para el desarrollo de la enfermedad, el impacto es aún mayor.

Por ello, es importante saber identificar los síntomas que suele mostrar el cultivo ante la presencia de este organismo fitopatógeno, así como la aplicación de una serie de medidas de control, además de los tratamientos con fungicidas.

Oídio en el durazno [Image]. (2020). Recuperado de https://www.idainature.com/noticias/biocontrol-agricola/como-eliminar-de-forma-natural-el-oidio-en-melocotonero/
  1. Síntomas y daños

El hongo Sphaerotheca pannosa es el causante de la enfermedad del durazno conocida como oídio. Otros términos comunes con los que se conoce son: ceniza, cenicilla, mildiu polvoso, ceniza blanca o polvillo blanco, entre otros.

Smith (1992), lo define como un parásito obligado, cuyo cuerpo penetra únicamente en las células epidérmicas del huésped por medio de haustorios lobulados. El micelio superficial produce conidióforos erectos con conidias grandes, rectangulares, típicamente dispuestas en cadenas (artrosporas).

Su presencia es bastante característica, a través de un micelio de color blanco o gris, que se manifiesta como una capa pulverulenta sobre los tejidos, cubriendo todas las partes aéreas del árbol, las cuales pueden mostrar los siguientes síntomas (Nava, 2005; Sepúlveda y Allende, 2017):

– Hojas: Se observa el polvo de color blanco en ambas caras, correspondiente al micelio del hongo. Las hojas afectadas tienden a curvarse hacia arriba, plegándose sobre la nervadura central, tomando un color rosado grisáceo y luego castaño. Se acartonan y pueden caer prematuramente del árbol, disminuyendo así su vida útil.

– Brotes: Ante la presencia del hongo, se deforman, se encogen y terminan por secarse.

– Ramillas: Aparecen manchas blanquecinas, que pasan a ser oscuras cuando las condiciones dejan de ser favorables para el desarrollo del hongo. Así, quedan más débiles y no logran su crecimiento normal.

– Flores: Se ven deformadas, disminuyendo la cantidad de botones abiertos y desmejorando el aspecto estético de la planta.

– Frutos: La infección comienza también con una capa blanquecina, que puede llegar a cubrir gran parte o la totalidad de la superficie del fruto para, finalmente, tomar un color café, quedando el fruto manchado. Además, pueden partirse longitudinalmente y adquirir un sabor amargo.

De forma general, su incidencia en diversas partes de la planta, merma la capacidad productiva del árbol, causando daños y pérdidas económicas de diversa índole, en función de la superficie afectada, así como la severidad del ataque. El perjuicio más importante ocasionado por esta enfermedad es la destrucción de la fruta.

A este respecto, INIFAP – SAGARPA (2005) realizan una interesante descripción de los síntomas que presentan los frutos, que consisten en manchas blancas y circulares que al agrandarse se fusionan, cubriéndolo completamente. Asimismo, constatan una necrosis y un agrietamiento de la epidermis. Los frutos pequeños pueden deformarse y presentar áreas ligeramente deprimidas o salientes. Además, se observan signos de cenicilla antes que en el follaje y, a menudo, la infección ocurre entre la caída de los pétalos y del fruto recién formado.

Entre los daños más severos, están los reportados por Mondino et al. (2014), en huertos de duraznos conserveros en Chile, cuyas pudriciones produjeron unas pérdidas económicas en torno al 50 % de producción y comercialización. Más graves fueron las pérdidas citadas por Hernández et al. (2002), las cuales alcanzaron hasta un 97 % en las parcelas de cultivo.

También es conveniente reseñar que puede resultar muy dañino en viveros, en el inicio de su crecimiento, afectando a plantas más pequeñas, las cuales son más sensibles y con mayor predisposición a infectarse por completo. Igualmente, las plantaciones débiles, con factores limitantes y/o situaciones de estrés, son candidatos claros al ataque del oídio, especialmente si las condiciones del entorno ayudan a su invasión.

Oídio en frutales de hueso [Image]. (2022). Recuperado de https://blog.syngenta.es/oidio-en-frutales-de-hueso/
  1. Condiciones favorables y dispersión

Este hongo se ve favorecido por climas cálidos y templados, que presentan humedades relativas superiores al 70 %, siendo sus valores óptimos un 90 – 95 %. Sin embargo, el agua libre que se deposita por llovizna, lluvia o rocío no es favorable para el desarrollo de la enfermedad. Asimismo, el intervalo de temperatura que es propicio para su desarrollo se encuentra entre 20 º y 30 º C, que permite la germinación de las esporas y la posterior infección (Sepúlveda y Allende, 2017).

La época de aparición suele ser a comienzos de la primavera, con temperaturas superiores a 10 º C. Es preciso destacar que, aunque la enfermedad comienza a manifestarse en primavera, con tiempo húmedo, una vez que la planta ha sido infectada, continúa desarrollándose con ambiente seco, perdurando durante todo el verano y pudiendo llegar hasta el otoño (Cercedo, 2019).

Hay que tener en cuenta que, para que las conidias maduren se requieren altas temperaturas, alrededor de 26 ° C y una baja humedad relativa, por debajo del 65 % (Vargas, 1996). El número de conidias liberadas en el aire aumenta conforme la humedad relativa disminuye, lo que quiere decir que el mayor número de conidias en el ambiente se alcanza en las épocas más secas, así como en las horas del medio día o al principio de la tarde (Agrios, 2005).

Por otra parte, S. pannosa permanece durante el invierno en las ramillas y yemas enfermas, donde las esporas son formadas en la época de la caída de pétalos de las flores de los durazneros y los nectarinos, para infectar posteriormente los diferentes órganos de las plantas en primavera (comenzando con la infección primaria durante caída de pétalos) y diseminarse por las parcelas o huertos a través del viento (Sepúlveda y Allende, 2017).

  1. Manejo del cultivo frente a la enfermedad

La gestión del cultivo frente a esta enfermedad debe basarse en medidas de carácter preventivo, es decir, llevando a cabo una serie de acciones anticipadas que no favorezcan la presencia del oídio ni su dispersión en los huertos de duraznos. Algunas de estas medidas culturales son:

  • Realizar las plantaciones en la dirección de los vientos dominantes de la región, con el objetivo de reducir la humedad ambiental que favorece su aparición.
  • Practicar las labores de poda (ramas, hojas y brotes) que faciliten la circulación del aire y la luz, evitando así un microclima que favorezca el desarrollo del oídio.
  • Llevar a cabo una fertilización equilibrada, evitando con ello el exceso de nitrógeno, que podría favorecer la incidencia del hongo.
  • Gestionar el riego de forma adecuada, sin excederse en los aportes de agua para no aumentar la humedad, tanto del suelo como del ambiente.
  • Realizar plantaciones empleando variedades más resistentes (o menos susceptibles) al oídio. Las variedades de carne dura son generalmente más sensibles que las blandas.
  • Eliminar los brotes infectados, así como los frutitos afectados en el aclareo.
  • Quitar los posibles hospederos alternos, como pueden ser rosales o frutales de hueso, principalmente, ciruelos y nectarinos.

Los tratamientos fitosanitarios basados en fungicidas también son una herramienta de control importante, pero éstos deben ser utilizados de manera adecuada y responsable. Villanueva (2012) indica que son productos químicos destinados a evitar el desarrollo de los hongos, usados con precaución para evitar cualquier perjuicio a la salud humana, la de los animales y la del medio ambiente. Asimismo, señala que su uso debe ser recomendado por un profesional o un técnico capacitado, siendo necesario leer la etiqueta del producto, donde se encuentran las recomendaciones de uso, las dosis y los momentos oportunos de aplicación.

Estos momentos, en el caso del durazno, son marcados por Nava (2005), solamente ante una efectiva presencia de la enfermedad, efectuando el primer tratamiento antes de la apertura de las flores, seguido de un segundo cuando los frutos estén recién cuajados y, finalmente, un tercero cuando éstos tengan las dimensiones de una nuez.

Por otra parte, Sepúlveda y Allende (2017) señalan que la época de aplicación es un factor decisivo, debiendo iniciarse las aplicaciones fungicidas en la caída de pétalos y repetirse cada 15 – 20 días, dependiendo del efecto residual de los productos utilizados y manteniendo a los árboles protegidos hasta el endurecimiento del carozo, momento en el cual los frutos ya no son infectados, aunque es importante señalar que los otros tejidos verdes del árbol sí continúan siendo susceptibles.

Para tener alguna posibilidad de mantener controlado al oídio debe realizarse una estrategia eficaz de tratamientos, teniendo en cuenta combinaciones y rotaciones de materias activas. Para ello, el papel del ingeniero agrónomo, técnico asesor del cultivo o como quiera calificarse, resulta esencial, ya que es la persona cualificada, capaz de diagnosticar el estado infectivo de la enfermedad, así como prescribir los productos más idóneos en cada momento.

El INIA recomienda, en el caso de huertos con daños de ceniza sufridos la temporada anterior o cuando se trata de una variedad susceptible, comenzar el programa con el uso de un fungicida sistémico y específico para oídio, para continuar después con azufre si las condiciones no favorecen el desarrollo de la enfermedad. Si, por el contrario, no hay precedentes ni riesgo aparente, se puede tratar periódicamente con azufre y mantener un programa preventivo.  

Algunas de los productos empleados contra esta ceniza blanca están basados en algunas materias activas, o combinación de ellas, entre las que se encuentran: penconazol, miclobutanil, tebuconazol, propiconazol, azoxistrobin, etc., aunque hay que revisar constantemente los registros de estos fitosanitarios porque sus fechas y autorizaciones de uso pueden cambiar legislativamente.

Cercedo (2019) realizó un estudio sobre la eficacia de cuatro productos comerciales antioídio contra S. pannosa en durazno, siendo éstos: Tebuconazol + Trifloxystrobin, Azoxystrobin, Penconazol y Difenoconazol, siendo Azoxystrobin el que demostró ser más efectivo en el control de la enfermedad.